Nombrar lo que ocurre: un proceso en presente continuo.

Ricardo Benaim y Daniela Díaz
"Nombrar lo que ocurre: un proceso en presente continuo"
"(Diálogo entre Ricardo Benaim y Daniela Díaz Larralde)"
Publicación original de: "Revista 142. Editor: Ferrán González (Barcelona, octubre 2020)
Publicado en el número 7 de Octubre-noviembre-diciembre, 2020. p.49-54.
Revista 142. Portada N°7
Revista 142. Portada N°7. www.142revistacultural.com

«Hace poco más de seis meses, nadie imaginaba que una pandemia azotaría de esta manera al planeta y cambiaría tan drásticamente nuestras vidas. Ritmos, ocupaciones y hábitos formaban parte o respondían a la estructura y al funcionamiento de un mundo que, a pesar de las fisuras que mostraba, cada vez más pronunciadas y evidentes, era el nuestro, el que conocíamos, el que dábamos por sentado. Cierto que algunas advertencias sueltas y diversas ya resonaban por distintos medios, pero hasta eso se nos había vuelto costumbre, parte de la realidad, de lo vivido. Y de pronto, como si se nos hubiese venido encima la violenta ola de un tsunami, nos vimos sumergidos en medio de un estado de alarma decretado que nos obligó a confinarnos en nuestras casas. Atónitos, tuvimos que ingeniarnos maneras de aceptar, comprender y asumir una situación cuyo impacto, de dimensiones aún poco definibles, persiste.

La vida, sin embargo, siempre deja puertas abiertas o, mejor dicho, puertas que pueden abrirse si uno está atento. Ricardo Benaim, artista visual de larga trayectoria, y yo, del ámbito de las letras, nos encontramos en Madrid y comenzamos a compartir intereses comunes sobre el arte y la creación justo tres días antes de que decretaran el confinamiento.

A él le dio tiempo de regresar a Gavá, donde vive con Rosana Faría, ilustradora de libros infantiles y corazón, junto a Linsabel Noguera, de la librería Tres Paraguas; y yo me quedé en Madrid, donde vivo ahora. Pero ya la conexión estaba creada y el intercambio creativo continuó a través de las únicas vías posibles en ese momento: los medios tecnológicos, con los que tuvimos necesariamente que empezar a familiarizarnos.

Fue así como comenzamos a trabajar en un proyecto artístico que Ricardo ha estado desarrollando desde hace algunos años, al cual se sumaron dos participantes más: nuevas conexiones que el arte nos brindaba. Poco a poco, nos fuimos dando cuenta de que ese trabajo conjunto no solo nos estaba abriendo la posibilidad de darle forma a la idea que nos había reunido, sino también a eso tan incierto que estábamos viviendo y que así, acompañándonos, fuimos comprendiendo y asumiendo mejor.

Al principio, todos pensábamos  ―¿quién no?― que sería cuestión de tiempo, y más bien de poco tiempo, poder retomar nuestros ritmos y actividades habituales. Pero seguían pasando los días y, en lugar de mejorar, el panorama empeoraba. Afortunadamente, lo lúdico siempre estuvo presente en nuestras conversaciones. Jugábamos con ideas y palabras para desahogarnos, escucharnos, reírnos, intentando buscar maneras de ir sobrellevando aquello, de nombrarlo, de comprenderlo: ¿Qué era lo que estaba sucediendo? ¿Cuánto duraría? ¿Cuáles eran sus implicaciones, sus repercusiones? ¿Qué podíamos hacer nosotros, gentes de la cultura y el arte, en estos momentos?

Ya lo decía Octavio Paz en El arco y la lira (1976):

«Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad. No hay pensamiento sin lenguaje, ni tampoco objeto de conocimiento: lo primero que hace el hombre frente a una realidad desconocida es nombrarla, bautizarla».

Y eso fue lo que empezamos a hacer, jugar a darle nombres a lo que estábamos viviendo. Nombres que fueron cambiando a medida que pasaba el tiempo, reflejo claro de cómo también nosotros fuimos cambiando nuestra manera de comprenderlo y asumirlo.

El primero fue “pandemonia”, obviamente por lo endemoniado de la situación: algo maligno, que no sabíamos muy bien de dónde provenía, había tomado posesión de nuestro entorno, y era abrumadoramente cruel y despiadado. A la “pandemonia” se unió pronto la “cuaresma”, porque todo sucedió justamente en esa época, y ya el confinamiento, en sí mismo, comenzaba a tener visos de desierto interminable; ayuno de contacto físico y, por tanto, emocional. Así pasamos la Semana Santa, pero solo resucitó la naturaleza, y con una fuerza primaveral tan inusitada que hasta el día de hoy sigue dando qué pensar. En esos días comenzamos a hablar de “cuarentena”, luego de “ochentena”, de “cientoveintena”, y la sensación que teníamos, y que se convirtió en punto de reflexión recurrente durante nuestras reuniones ―derivado del contraste entre nuestro desierto y la desbordante primavera que campeaba libre, en ese mundo que hacía tan poco considerábamos “nuestro”―, era la de estar nosotros, como especie, encerrados, bajo sospecha, porque éramos una amenaza para el planeta; tanto así, que éramos los responsables de estar, nosotros mismos, en peligro de extinción.

Ya para entonces comenzábamos a vislumbrar que el momento de “regresar” a aquel mundo de antes se iba volviendo cada vez más incierto. Y comenzamos a darle vueltas a un verbo que se volvió recurrente como exigencia de lo que vivíamos: “reinventarse”.

Ricardo: Durante esos tres  meses se habían producido toneladas de incertidumbres, ambivalencias y millones de reflexiones. Una diaria por cada habitante con criterio ―palabra de poco uso y tan necesaria hoy―. El criterio es fundamento del libre albedrío, lo único con lo que contamos para inventar nuestro espacio en este nuevo mundo que comienza a nacer y nosotros en él y con él.

Fue entonces cuando Ricardo me propuso que inventáramos un taller online. Los dos teníamos años de experiencia docente, él en artes plásticas y yo en lengua y literatura. Solo teníamos que concebirlo y atrevernos a explorar esa nueva modalidad virtual.

Dos elementos clave entraron en juego en ese proceso de gestación de un nuevo rumbo: primero, que ya sabíamos lo necesario y enriquecedor que era, en esos momentos de tanto aislamiento, incertidumbre y soledad, contar con un grupo de amigos, multidisciplinario, con quienes compartir ideas creativas en torno a un proyecto que se iba consolidando mientras todo lo demás, a nuestro alrededor, parecía ir desrealizándose; y segundo, que transitar la incertidumbre acompañándonos y dándonos apoyo, contando nuestras intuiciones, emociones, reflexiones y escuchando al otro, era la mejor forma de ir comprendiendo, aceptando, asumiendo y, al mismo tiempo, creando juntos una nueva realidad compartida.

Y por supuesto, para inventar el taller, empezamos por jugar con palabras que pudieran servirnos, tanto para configurarlo como para darle nombre. Crear, creador, proceso creativo. Compartir, escuchar, acompañar(nos). Tránsito, travesía, transformación. Desorientación, incertidumbre, cuestionamientos, preguntas, preguntarse. ¿Respuestas?

Un día Ricardo me dijo: “Ya tengo el nombre. Se va a llamar Viaje a Oriente. Pero no tiene nada que ver ―aclaró― con que nuestro taller va a llevar de algún modo a quienes participen a conocer Oriente, ni de especies ni nada de eso. Lo que me gusta es el juego de sentido que se abre entre ‘Oriente’ y ‘orientación’. Nuestro taller será un viaje que nos permitirá orientarnos hacia nosotros mismos desde ejercicios creativos compartidos que yo iré asignando, para que luego podamos conversar y reflexionar sobre los resultados. Y tú ―me dijo inmediatamente (su primera asignación del taller)― vas a escribir una bitácora de cada sesión, donde sintetices lo más relevante de la clase y apuntes las tareas asignadas para la siguiente. Así, tanto los alumnos como nosotros, contaremos con ese registro semanal. ¿Qué te parece?”

Ricardo no deja demasiado espacio para decir que no. Dije que sí. Ya me había montado en ese barco y sin duda nos estábamos preparando para zarpar. Además, lo de emprender un viaje creativo sin un destino determinado, sino el de orientarnos entre todos para poder llegar a nosotros mismos, me encantó. Vengo del campo de las letras, así que, ¿qué podía ser más encantador ―en el amplio sentido de la palabra― que un juego de palabras tan sugerente? Creo que ninguno de los dos sabíamos qué iba a pasar, cómo iba a ser eso. Pero el 14 de mayo, con nuestros primeros tripulantes a bordo, levamos anclas y zarpamos.

Extracto de la primera bitácora de Viaje a Oriente:

Primer día: jueves 14 de mayo (día 65 de confinamiento)

«Este taller no está pensado para enseñar cómo hacer algo artístico, una obra, enseñar algunas técnicas. Es más bien un momento para encontrarnos y conversar de cosas que nos encantan: arte, cultura, vida. En cuanto a la estructura que tiene el taller, yo les voy a pedir que imaginen una estructura de plastilina, es decir, una estructura que no es rígida, sino más bien moldeable. Porque creo que todo es moldeable, que no existe nada que sea verdaderamente rígido. El propósito de este taller va en esa dirección. Yo siempre he sido libre, desestructurado, y lo que quiero es desestructurarlos a ustedes y que aprendan a sentirse libres, abiertos, conectados con el presente. (…)»

@antesdurantedespues

En estos tiempos, ese estar conectados con el presente y con nosotros mismos es lo que, además, nos permitirá encontrar respuestas creativas ante los fuertes cambios que nos exigen las circunstancias que vivimos. El mundo que conocimos parece que se extingue. Ese mundo que conocíamos se incendió. Nos toca ahora, y también al propio mundo, reinventarnos. Nos toca ahora, a todos, ser como el ave fénix que renace de sus cenizas.

Ese primer viaje fue tan revitalizante, hermoso e inspirador que incentivó varias iniciativas. Entre ellas, la del proyecto expositivo ANTES-DURANTE-DESPUÉS, organizado por Leonardo Hernández y su grupo ANDARTE. Arte – Cultura – Patrimonio, en el que somos co-partícipes Ricardo y yo. El propósito es seguir abriendo posibilidades de conexión, intercambio y reflexión con otros creadores, desde la propia creación, porque no hemos dejado de constatar cuán necesario es el aporte que cada uno de nosotros podemos dar en estos momentos.

Ricardo: Inventarse o reinventarse cada día es poner la creatividad al servicio de lo que crees, de lo que intuyes. Esto que se está produciendo y complejizando día a día apunta hacia el cambio profundo que debemos asumir. Para reconocer esas señales, es fundamental estar atento, despierto, con todas las antenas de la percepción, sensibilidad e intuición activas y orientadas hacia aquellas decisiones y acciones que nos permitan ir integrándonos en las dinámicas, siempre desde lo creativo y lo constructivo, que impone y exige este nuevo mundo. Sin duda, la vida estará regida por nuestras diferentes actitudes y comportamientos, y seremos, cada uno de nosotros, querámoslo o no, los ejes centrales individuales que producirán los cambios.

También nació de ese primer Viaje un nuevo taller que fuimos creando y configurando Ricardo y yo y que llamamos, en esa primera versión, Tiempo sobre el tiempo. De la gestación a la gestión. Un taller más complejo, en el que decidimos ofrecernos para acompañar el desarrollo de proyectos artísticos interdisciplinarios, desde las semillas de las primeras ideas hasta su consolidación.

Cada vez estábamos más convencidos de que el intercambio entre creadores es sumamente necesario y enriquecedor, sobre todo cuando se da entre distintas disciplinas, porque entonces las posibilidades de crecimiento y aprendizaje se expanden, se potencian. Y esa expansión no solo alimenta el proceso y, por tanto, la obra resultante, sino también a los propios creadores, que pueden así ampliar su visión, percepción y comprensión de la vida, del arte y de las diversas vertientes que intervienen en el propio proceso y acto creativo. Justamente por eso decidimos, esta vez, no ser dos sino tres quienes lo ofreciéramos. Y para fortuna de todos, Diana Montoya, instrumentista e intérprete que ha trabajado conjuntamente con Ricardo en muchas ocasiones, con más de 30 años de experiencia docente, se unió a nosotros. Nueva conexión. Nueva expansión.

Sin duda, el habernos aventurado a abrir estos talleres nos ha traído incontables, pero sobre todo incuantificables ganancias en cuanto a vínculos e intercambios creativos. E inesperadamente ―a pesar de lo difícil que pueda resultar esto de tener que aceptar y acostumbrarnos al distanciamiento físico, a los encuentros en esta nueva versión “presencial”, en la que el cuerpo se queda en otra parte―, también amistades hermosas, “contactos” muy cargados de emotividad, de sensibilidad, de acercamiento genuino desde el sentir íntimo y las vivencias de cada quien.

Esta apertura, a su vez, nos permitió ir constatando que muchos otros creadores estaban, cada quien a su manera, buscando también abrir caminos y propiciar espacios de encuentro y reflexión. Por tanto, decidimos ampliar el alcance de nuestra propia búsqueda para sumar fuerzas y, en especial, para poder incorporar diversas visiones que siguieran enriqueciendo este tránsito existencial. Pasamos así de inventar talleres a inventar un evento más amplio con la intención de convocar a una reflexión conjunta sobre la función del arte y la creación en estos tiempos tan complejos e inusitados. Y de ahí surgió un nuevo nombre para definir ―o más bien, seguir definiendo― esto que nos ha tocado vivir. A ese evento, que fue registrado en sus correspondientes bitácoras, decidimos llamarlo: “(Paréntesis)”.

Extracto de la bitácora del primer evento:

«El evento comenzó con la formulación de una pregunta clave: ¿Por qué? ¿Por qué abrir este paréntesis dentro del paréntesis forzado en el cual nos encontramos? Nosotros, gentes del arte y de la creación, ¿qué hacemos aquí? Primera premisa: Vida y obra no son cosas distintas, no son cosas separadas. Ambas están integradas, una no existe sin la otra. Todo es vida real. De ahí que sea tan necesario, en estos momentos, abrir espacios de diálogo donde podamos compartir y debatir ideas, sentires y reflexiones. Es lo que parece estar exigiéndonos este paréntesis: reflexión. Debemos darnos cuenta de que lo que va a pasar es lo que vamos a hacer que pase, lo que queramos que pase. Las maneras de compartir nuestra sensibilidad, nuestras emociones, nuestras vivencias, son muchas, y depende de nosotros que estos [sean] espacios de recuperación de lo humano del ser, espacios donde sea posible gestar una nueva forma de ciudadanía más consciente».

Fue tan bien recibido que convocamos una segunda sesión que llamamos “(ParéntesisII)”. Así, sin cierre. El camino recorrido nos permitió ver que el “después” de todo esto es “ya”, es este “durante extendido”, es ―o está siendo― “aquí y ahora”.

Extracto de la bitácora del segundo evento:

«Como creadores, como gentes del arte y de la cultura, crear es lo que nos toca. Crear en presente, crear el futuro en y desde el presente. Nuestros aportes, nuestras obras, deben ser respuestas que damos ―y que nos damos― ante estos tiempos que vivimos. Y estos paréntesis que hemos abierto nos permiten justamente compartir, intercambiar y reflexionar en torno a esas respuestas que cada uno de nosotros ha ido intuyendo, y encontrar conexiones, afinidades, enfoques diversos. Nos permiten, por otra parte, salvar y salvaguardar la conexión con el otro, con los otros. Porque se trata de ir configurando juntos, desde distintos aportes y visiones, un nuevo panorama común, un horizonte trazado a partir de convergencias, divergencias y reflexiones complementarias que, de manera siempre activa y dinámica, lo vayan perfilando».

Esta apertura fue la que nos llevó a todas las conexiones e intercambios necesarios para llegar al nuevo nombre que, por el momento y por consenso, gracias al aporte del artista Rafa Muci, le hemos dado a esto que estamos viviendo: “Resguardo”.

Ricardo: El resguardo es una actitud, no un mandato. Al resguardarnos, estamos también cuidando y protegiendo a los otros y, al mismo tiempo, estamos resguardando nuestro espacio de libertad interior, que es donde se están dando los procesos de cambio a los que nos hemos estado refiriendo. Este confinamiento físico impuesto se convierte en “resguardo” cuando uno logra reconocer y habitar su espacio como un espacio de libertad, abierto al intercambio, al aprendizaje y al crecimiento conjunto.

Es cierto, vivimos momentos muy fuertes, muy duros. No hay garantías. Y las cosas, por lo visto, se van a poner cada vez más difíciles. De ahí que sea tan necesario crearse un espacio propio y establecer normas propias. Las normas de afuera las imponen otros, que tampoco saben muy bien cómo es la cosa. Creo que ante eso tiene más sentido crear un espacio propio para conectarse, para conectarnos, desde lo más auténtico que hay en cada uno, desde la sensibilidad y la apertura, con esas otras leyes que son universales. ¿Cuáles son? Las leyes de la naturaleza. Somos parte de ella y todo está interconectado. Somos todos habitantes de este planeta, nuestro Gran Hogar, y en nuestras manos está la responsabilidad de crear nuevas formas más conscientes de re-habitarlo.

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