Bitácora de Viaje a Oriente III. Taller de Ricardo Benaim (julio-agosto 2020)

VIAJE A ORIENTE I
Bitácora de Viaje a Oriente III
Taller de Ricardo Benaim (julio-agosto 2020)
Bitácora de viaje: Daniela Díaz Larralde

Bitácora de Viaje a Oriente III.

Primer día: 9 de julio

«A la hora acordada nos encontramos en el muelle y con un click dimos el salto para embarcar. Día claro, viento suave, nuevos navegantes. Antes de zarpar, palabras de bienvenida e itinerario.

En este viaje, vamos todos en el mismo barco, pero no nos dirigimos a un puerto determinado. La travesía consiste en que cada quien vaya orientando su rumbo hacia su propio puerto de llegada, a través de un proceso de conexión con sus íntimas necesidades creativas.

Los ejercicios del taller estarán orientados en ese sentido, con la intención de que cada quien vaya profundizando la reflexión en torno a lo que motiva, motoriza, su actividad creativa: ¿por qué quiero hacer esta obra?, ¿qué me mueve?, ¿hacia dónde me lleva?

No se trata, por tanto, de que pensemos en llevar a cabo un proyecto. Los proyectos son finitos, empiezan y terminan, confinan el recorrido al someterlo a un único objetivo que debe alcanzarse; y una vez alcanzado, logrado, el artista queda en el aire, en estado de zozobra interior, en busca de un nuevo asidero-proyecto que lo contenga.

En este caso, la idea es que pensemos más bien en procesos, porque el proceso implica un estar en continuo movimiento y en constante evaluación. Se trata de estar en gerundio creativo, en presente continuo, siempre atento y conectado con lo que va sucediendo en uno y lo que se va creando. Es eso lo que hace posible reconocer la dirección o el rumbo que va tomando la propia necesidad o búsqueda interior. Y es así como se hace posible orientar nuestro íntimo proceso creativo en esa dirección. Reconocer y conectarse con eso permitirá además saber qué es lo que no se quiere y entonces concentrar la energía en lo que realmente interesa.

Esto es fundamental porque, en una obra, o en aquello que un artista crea, todos los elementos que entran en juego deben tener un sentido y una intención precisa, deben estar ahí por alguna razón, y esa razón debe surgir de esa búsqueda, de esos auténticos intereses del artista.

Luego de estas reflexiones iniciales, pasamos entonces a escucharnos. Cada participante compartió con los demás sus ideas e intenciones, sus inquietudes y búsquedas en relación con la creatividad y el arte. El intercambio enriquece. Comenzamos a conocernos. Así comienza el viaje.

Zarpamos.

Viaje a Oriente IIIPrimera recomendación: pensar en maneras de organizar lo que hasta ahora hemos hecho con la intención de poder presentárselo a otro de la manera más acertada. Saber comunicar lo que es necesario. Un instrumento muy útil en estos casos es el portafolio. Ahora bien, no se trata de que ese portafolio se convierta en un contenedor de todo lo que uno ha hecho o creado hasta el momento. Se trata más bien de reunir lo hecho en distintos portafolios, cada uno según una intención comunicativa determinada.

Cada cliente, y eso debemos tenerlo muy claro, necesita un portafolio determinado. Tendemos siempre a querer mostrar más de la cuenta o a pensar que el que vea nuestro portafolio encontrará por sí mismo lo que le interesa. Y eso no es así. Uno, con cada portafolio, debe lograr comunicar algo específico que, por supuesto, nunca estará desvinculado del resto. Esto nos permitirá reconocer líneas de trabajo que mantienen una coherencia determinada. Se trata por tanto de un ejercicio que nos ayudará a ver con mayor claridad esas líneas, esos intereses, eso que ha ido marcando en nosotros un compás, una dirección, un rumbo. Distintas vertientes del mismo río.

Estaremos así mucho más en conexión con nuestra obra, con nuestro propio proceso creativo, y habrá mayor empatía también con el otro, en cuanto a lo que quiere o necesita recibir de nosotros.

En estos tiempos tan complejos que vivimos, saber comunicar y comunicarnos es vital. Ya el mundo que era no volverá a ser. De ahí que todo el mundo esté hablando de reinventarse. Y sí, es cierto, en estos momentos reinventarse es una necesidad, un imperativo. Ya lo sabemos. Y tal vez por eso esté llegando la hora de dejar de utilizar esa palabra, de sacarla de nuestro vocabulario, justamente para no quedarnos encasillados o atrapados en eso sin avanzar.

Ya a estas alturas sabemos que la reinvención es una exigencia de estos tiempos. Eso de que uno debe reinventarse te lo da el sentido común y la vida, es como lavarse los dientes y las manos por higiene, o separar la basura por conciencia ecológica. No son banderas que tenemos que estar enarbolando. Reinventarse no es una bandera, es una necesidad intrínseca, imperativa. El que no se reinventa se queda sin futuro.

Saber esto implica dar un primer paso crucial, que es asumirlo, para entonces comenzar a recorrer el camino. ¿Cuál? ¿Hacia dónde? De eso se trata nuestra búsqueda y de ahí lo fundamental de mantenerse conectado y muy atento al proceso que va teniendo lugar en presente continuo, sin caer en la tentación de crear escenarios posibles. Los escenarios confinan, limitan. En momentos de cambios tan radicales y contundentes, es vital mantenerse abierto y libre, para poder recibir las señales íntimas que nos servirán de guía durante el tránsito.

Es válido ahora correr riesgos creativos, asumiendo el aquí y el ahora como un presente alargado durante el cual vamos creando y creándonos, en contacto íntimo con nosotros mismos y también abiertos al otro, a recibir lo que el otro pueda aportarnos, y a darle a cambio algo de nosotros. Experimentar, jugar, inventar, escuchar, decantar, soltar lo irrelevante y reconocer lo que tiene valor, lo que debe resguardarse, atesorarse, cultivarse, compartirse. Siempre en presente, presentes. Se trata de asumir e integrar a nuestra vida este proceso que es, a un tiempo, de comprensión y de liberación. Porque el arte es una forma de vida, una manera de estar en el mundo. El arte es una forma de ciudadanía.

***

Segundo día: 16 de julio

Un nuevo navegante. Paula se embarca en este viaje y nos trae de regalo un poema. Lo recojo y guardo en esta bitácora para que su ritmo nos siga acompañando y sirva de homenaje a un gran poeta que hace muy poco se fue a vivir para siempre entre sus versos:

Poemas de Quebrada de la Virgen (Armando Rojas Guardia)

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Para saber de Ti, para escucharte,

haría falta hundirse en ese tiempo

que duerme en la memoria, como el álbum

familiar espera al fondo

de la última gaveta. Basta entonces

unas manos otra vez ávidas de infancia

para que rostros, miradas y sonrisas,

hablándonos para siempre en esas fotos,

reconstruyan, como balsa de naufragio,

una presencia acompañante: la raíz

oculta de la propia vida:

nuestra historia, dibujada en las páginas

del álbum, regresa al húmedo desván

donde nos aguarda aquella fábula, ese cuento

de hadas narrado acaso por la madre

en una noche íngrima, solemne,

donde éramos únicos, hermosos, sempiternos

porque nos sabíamos amados (así,

sencillamente buenos por queridos)

y la razón solar de nuestra vida

era aquel árbol sagrado en cuya copa

la aventura se llamaba mundo todavía,

se llamaba sexo, se llamaba enamorarse,

trabajo se llamaba la tarea

consistía apenas en ser héroes, porque todos

lo eran ya, hasta los animales y la luna)

y bullía, sacramental, la mesa del almuerzo

y el viaje imaginaba cualquier isla

y el juego celebraba cada piedra.

Haría falta, Señor, ser anacrónicos

hasta no sé qué paz de la memoria

‒marchita como una flor ya fósil

que aún perfuma las manos al rozarla‒

para devolvernos hacia el fondo,

hacia esa viva, secreta arqueología

que oculta nuestra saga, la verdad

épica que entrevió la adolescencia

en el relato total del universo:

somos el mito que nos cuentas

y los recuerdos del niño saben ya

que Tú eres el pasado del futuro.

Nos bastará morir para vivirte.

Celebramos juntos, de esa manera, el espacio sagrado de encuentro con el otro. Paula propició una vital reflexión acerca del valor de la familia. Nos contó lo importante que era para ella ese espacio íntimo, ese mundo del hogar donde es madre, hija, esposa. Nido original del ser humano.

Periodista y pintora autodidacta, busca formas de transmitir esto desde el arte, de una manera simbólica y contemporánea. Y se pregunta cómo puede mostrar que desde el hogar es posible expresar también una opinión crítica muy válida en relación con lo que sucede en el mundo.

Ricardo nos habla entonces de uno de sus principios fundamentales de vida: antes que artista, uno es ciudadano. Uno debe, ante todo, saberse parte de una comunidad y asumir el compromiso que le corresponde dentro de ese pacto social. Eso quiere decir que sus aportes deben estar siempre orientados hacia el bien común. Uno debe aspirar a que las obras incidan de una forma positiva en el espectador y en el contexto común que con él compartimos. Intentar desde el arte elevar su nivel de vida interior, desde una disposición, no de dar una lección, sino de apertura hacia la riqueza que ofrece el encuentro, el reconocimiento y el intercambio con el otro. Para un artista es fundamental estar siempre dispuesto a aprender del otro. Y dispuesto también a aprender de otras disciplinas.

Paula comenzó leyendo un poema y luego nos mostró un cuadro inspirado en esa lectura, en esa comunión con la poesía. De ahí que sea tan importante mantenerse abierto a estos intercambios, porque son sumamente enriquecedores.

Mientras más íntima la relación que pueda tener un artista, desde su hacer, con las demás disciplinas, más íntegra, completa, profunda, densa, redonda será su obra. Porque se habrá alimentado de esos intercambios y en especial del contacto nutritivo con los afectos humanos.

Marelia con su trabajo nos recordó que también son importantes las propuestas concretas, reconocer en el espacio y en los objetos que nos rodean qué es lo que nos acerca hacia nosotros mismos.

Luego Lilian nos invitó a recorrer sus postales desde una mirada distinta a la habitual. Una mirada más desnuda, más honesta, más cercana al mundo y sus historias íntimas. Y de la nostalgia de Satie, que acompañaba esos rostros, pasamos a la obra de Chiharu Shiato, en la que el tejido traza intrincadas redes que atrapan y entrelazan la memoria del espacio, de sus objetos y de las vivencias que albergan.

Un entramado que establece un diálogo inesperado con el hermoso y fascinante esqueleto de un cactus, donde las ramificaciones parecen infinitas. Fue Carla quien nos regaló un recorrido por esa interioridad desnuda que queda como resto, huella, memoria orgánica, una vez que la vida se ha ido de ese cuerpo vegetal, antes cubierto y protegido por espinas.

Interioridad que encontramos también evocada en la delicada escultura de Alba, en la que una pequeña piedra de mar, suspendida en medio de un blanco luminoso, se resguarda tras una concha marina que, como una ola, parece estar siempre dispuesta a abrazarla y cobijarla en su interior.

Cerramos el recorrido con la imagen de los objetos que Jenni recolecta para luego utilizar como materia prima en su obra. Otra manera de establecer conexiones entre ellos. Objetos que busca o que encuentra y que guarda hasta que les llega el momento de formar parte de alguno de sus collages.

Hacia el final de la sesión, resonó de pronto el nombre de otro maestro a quien rendir homenaje: Hugo Zapata. Ricardo compartió con nosotros algo que aprendió de él: que para enseñar es necesario confundir, molestar, ponerle al estudiante un espejo delante para que pueda verse, para que dude y busque en sí mismo su propia respuesta, lo que le toca aprender, en lugar de esperar que venga un maestro y le diga cómo hacerlo. Aprendió que para enseñar uno no debe nunca alejarse o desprenderse de la figura y de la actitud del aprendiz, porque se trata de saber mantenerse en un profundo y sensato proceso de aprendizaje ininterrumpido. Uno aprende de todo y de todos. Para aprender no hay vacaciones.

***

Tercer día: 23 de julio

Viaje_a_Oriente_IIIComenzamos el viaje observando una hermosa constelación de vida, rostro pequeño, en blanco y negro, como dibujado por puntos de estrellas. Buen presagio comenzar con la imagen de un ecosonograma. Cielo uterino. Eco de una vida en camino hacia la vida.  Un nuevo navegante sube al barco: Carina Bianchi.

Sesión ágil, diversa, aguda y agradable; de rápidas respuestas y luminosos ejercicios. Una epidemia íntima de conexión entre el grupo.

Jenni llevó nuestras miradas de la constelación a los pétalos de una rosa. Fragilidad cosida al papel como nuevo lugar de pertenencia, desde el que se anuncia un nuevo nacimiento ‒renacimiento‒ y el asidero de los fragmentos del pétalo segmentado. Luego las costuras como un aforismo o como un poema de hilo. Y luego de nuevo fragmentos, ahora de cinta y no de rosa, ya sin costuras, trazando un recorrido dentro de un mapa cenital.

Nuevo punto de reflexión y partida, un proceso que va desde la segmentación de un pétalo hasta cartografías de vida, parecidas a bocetos de Chillida, conectadas con la escultura, y donde denota cuestiones no resueltas todavía en esa área. Tránsito. Nos brindó con ello la oportunidad de interiorizar el concepto de puntos de partida y de llegada dentro de los trayectos creativos que tienen como fuente lo que se va viviendo.

Conexión íntima del artista con su obra que a veces no resuena en el discurso de los críticos de arte o curadores, más cercanos a teorías, enfoques, modas, que a lo que late en la obra de un artista. ¿Cómo entonces articular un discurso propio?

No hay que perder de vista que entre crítico o curador y artista debe darse una relación de interlocución, porque si ellos no sirven de interlocutores, si ellos no están dispuestos y abiertos a escuchar lo que el artista quiere transmitir, entonces, ¿para qué están?

La trayectoria creativa que Jenni ha compartido con nosotros muestra muy bien cómo la obra de un artista nace de un proceso íntimo de vida, de vivencias. Un proceso que no cesa. Las últimas obras que nos mostró, en las que encontramos esa cartografía cenital con las que quiso hacer suyos los espacios recorridos, son parte de su reciente exposición. Punto de llegada que debe ser, a su vez, punto de una nueva partida.

Cada vez que el artista expone, en lo que ha creado ya se anuncia lo que viene. ¿Qué es? ¿Qué forma tiene? ¿Hacia dónde te dirige? Es necesario entonces saltar hacia eso nuevo que surge. Y a pesar de lo confuso que pueda ser al principio, lo importante es estar atentos para ver por dónde está la salida hacia lo nuevo. En ese momento es fundamental no quedarse encerrado en simples variaciones de lo mismo, repeticiones, sino darle paso a ese algo realmente nuevo.

Reconocerlo implica reconocer cuándo la obra se siente agotada. Ella misma va a pedirlo. Va a pedir vida, movimiento, fluidez, espacio nuevo. No debe quedar confinada dentro de un laberinto que uno mismo inventó. Uno está en constante tránsito. No hay puntos de llegada, ni objetivos a alcanzar, sino trayecto, trayectoria.

Y es necesario estar dispuesto a dar lo mejor de sí, estar atento a eso que la obra pide. A veces uno lo mueve, a veces es la obra. Lo importante es que siempre sea divertido y que la exploración aporte aprendizaje, visiones nuevas, maneras diferentes de hacer lo mismo sin que esté limitado a una simple repetición con variaciones. Porque, a fin de cuentas, el artista que es auténtico, que realmente está conectado consigo mismo, siempre sigue una línea, un eje vertebral, que puede ser visual, conceptual, espiritual, existencial. Eso es lo que define su posición ante la creación, la obra y la vida, y lo que le da ese carácter propio, esencial, a lo creado por él.

Y esto es algo que no depende de la técnica que se use. Se trata de ser fiel a la propia búsqueda interior. El artista es quien tiene la potestad de decidir cuál es la técnica que quiere utilizar según lo que le pida la obra. La técnica es tan solo un recurso que va de la mano con el proceso de creación. Pensar la técnica que se va a utilizar implica también ir construyendo estructuras mentales, bases fundacionales de la obra.

Esta reflexión desembocó en la poética de Carla y su alfabeto tan botánico como armónico, con el que escribió, dándole una resonancia plástica muy acorde a esas palabras, uno de los versos de un poema de Montejo. Otro maestro que llega a nuestro barco y a quien también quiero rendir homenaje en estas páginas, para que se quede en ellas con nosotros:

Algunas palabras (Eugenio Montejo)

Algunas de nuestras palabras

son fuertes, francas, amarillas,

otras redondas, lisas, de madera…

Detrás de todas queda el Atlántico.

Algunas de nuestras palabras

son barcos cargados de especias;

vienen o van según el viento

y el eco de las paredes.

Otras tienen sombras de plátanos,

vuelos de raudos azulejos.

El año madura en los campos

sus resinas espesas.

Palmeras de lentos jadeos

giran al fondo de lo que hablamos,

sollozos en casas de barro

de nuestras pobres conversas.

Algunas de nuestras palabras

las inventan los ríos, las nubes.

De su tedio se sirve la lluvia

al caer en las tejas.

Así pasa la vida y conversamos

dejando que la lengua vaya y vuelva.

Unas son fuertes, francas, amarillas,

otras redondas, lisas, de madera…

Detrás de todas queda el Atlántico.

A la voz serena de Carla, leyéndonos este poema, siguió la maravillosa aparición de Neni, su madre poeta y sabia, quien nos iluminó un segundo la pantalla desde su silente sensibilidad. Y la palabra “sueños” de Alba, escrita con los mismos materiales que le sirven para darle forma a los suyos. Visión sintética, compleja y completa, lúdica.

Paula a los 18, con sus botas y su flor en la mano, llena de sueños también, mirando hacia adelante; y Paula hoy, sonriendo al pie de la ventana de su taller, como devolviendo la mirada complacida hacia esa Paula que fue y que en ella sigue siendo.

Con la espontaneidad que la caracteriza y que la acerca a nosotros, Paula comparte sus juegos de palabras, sus palabras de colores y también de sombras, y con ellas nos brinda una óptica nueva de expresión que explora sutilezas y trasparencias. Y abre la reflexión en torno a estos tiempos que vivimos, en los que esperar no es suficiente, porque en la espera hay detenimiento y no esperanza.

En estos momentos tan complejos, debemos tener claro que no hay nada que esperar, porque no hay manera de saber qué es lo que viene. Son tiempos, más bien, de acción, tiempos que exigen enfocar la energía en inventar, crear, hacer, abrir caminos propios que a su vez sean caminos de encuentro hacia y con los otros, de intercambio, de cambio en gestación.

La nueva normalidad no va a llegar, debemos inventarla.

Son tiempos difíciles, duros. Carina nos trajo unas imágenes muy en sintonía con lo que sucede. Imágenes de mitos y leyendas que ella está investigando, porque le interesa recuperar esos orígenes, recuperar desde la investigación y la creación artística ese legado cultural latinoamericano, que forma parte del legado venezolano. Raíces imprescindibles para que todo árbol se sostenga y pueda crecer y abrirse en nuevas ramas.

De pronto, nos encontramos ante la carreta del Diablo. Una imagen que surge durante la época de la peste negra y que, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces, nos conecta inevitablemente con lo que estamos viviendo. Ante eso, es el interés genuino de Carina, tímida pero elocuente, valiente, lo que nos devuelve el ánimo para seguir escudriñando lo difícil en busca de lo valioso que esconde.

Tiempos simplejos, como nos sugiere Lilian desde una palabra que nos resulta muy acertada y relevante: “simplejidad”, escrita con objetos simples, cotidianos, que en conjunto produjeron una compleja riqueza estética en la que resonaba con mayor fuerza su sentido. Una palabra que no solo atrapó nuestras miradas, invitándolas a explorar sus detalles, sino que nos permitió reflexionar acerca de la importancia de darle espacio a la improvisación al momento de crear algo.

La improvisación a veces suelta al niño que habita en nosotros y lo deja ser y hacer, desde esa libertad tan suya, sin juicios ni prejuicios, sin preocupaciones ni preconcepciones; desde esa disposición abierta al descubrimiento de aquello que toda exploración trae consigo.

Cerramos la jornada “con el minimalista triángulo de Daniela y su singular manera de encontrar esas blancas letras entre la sombra y la luz ―según palabras de Ricardo―. Y esa trampa de incluir letras secundarias pero imprescindibles para la conexión del objetivo. Son sus primeros esbozos de una singular propuesta visual basada en formas de luz, sombras, monocromías, abstracciones, austeridad y síntesis”.

El tiempo fue puro presente compartido durante este viaje.

El arte no cura, pero sí sana.

***

Cuarto día: 30 de julio

Durante esta travesía, la calma fue nuestra premisa.

Viaje a Oriente IIIMarelia, de entrada, nos invitó con su trabajo a entregarnos a un estado contemplativo. Nos mostró cómo, desde la mirada y el silencio ante el paisaje, uno puede transformarse en pájaro y salir volando, como uno más entre ellos. Se sugirió que dejara al último pájaro escapar por el borde de la página, para que luego regresara a ella y volara en el centro. Veremos el resultado la próxima clase.

La mirada de Jenni nos invitó a pasar de la pintura a la fotografía, del vuelo de los vencejos a los reflejos de luz y sombra que se cuelan por las ventanas para trazar sus tramas en el suelo.

Ambos trabajos nos llevaron a reflexionar acerca de la necesidad de estar en calma o de abrir espacios de calma al momento de crear, de hacer obra. Detenerse a observar y entregarse a lo que pueda traer ese estado de contemplación. Vía clara de conexión con uno mismo y con aquello que se quiere crear, con la propia obra. La calma interior que propicia esa conexión nos permite también estar atentos, tanto a lo que sucede afuera como adentro. Todo está interconectado.

Paula comentó que en las fotos de Jenni reconocía su “sello”. Esto sirvió para que afináramos la distinción entre términos como “sello”, “estilo” o “marca” del artista y aquello que hace que su obra sea reconocible.

Lo importante en este sentido es tener muy presente que no se trata de que el artista busque tener un estilo o un sello propio. Pretender esto puede llevarlo a quedar atrapado en una repetición de lo mismo que al final agota la obra. El estilo se convierte en una fórmula y el aporte creativo se va secando. En cambio, cuando el artista se mantiene conectado con sus más íntimas necesidades expresivas, con su búsqueda interior, y deja que sea de esa fuente de donde brote la obra, entonces siempre, de manera orgánica, natural, algo de sí mismo le irá dando ese carácter singular a lo que vaya creando.

Sería entonces quizá más acertado, como sugirió Paula, hablar del “lenguaje” propio de un artista; más vinculado a su forma de ver, como dijo Carla, a su ojo, su mirada, su manera de percibir y de sentir, de ser y estar en el mundo. En la íntima sensibilidad de cada creador es donde reside aquello que será inconfundible en su obra. Eso será además lo que permita que el trabajo crezca, evolucione, de una manera natural, orgánica. Que sea la obra la que vaya pidiendo lo que necesita. Para poder escucharlo es fundamental mantenerse atento, en calma y abierto.

Un ejercicio muy enriquecedor en ese sentido es el de ponerse a escribir frases sueltas, ideas o textos fluidos en los que uno vaya verbalizando lo que va sucediendo en su interior. El acto de escribir no se limita solo a un proceso de transcripción o traducción de lo que puede uno estar pensando o sintiendo, sino que más bien es lo que completa el proceso de comprensión de eso que sucede en nuestro interior, de eso que se está gestando y que pide atención. Escribir ayuda a terminar de comprender y decantar las ideas. Leer después lo que hemos escrito es una forma de escuchar y descubrir qué es lo que estamos queriendo decirnos. Es ahí donde resuena la voz de aquello que quiere convertirse en obra. Es a partir de esa escucha que se establecen los códigos individuales de comunión entre el creador y su obra.

Entonces uno ya puede preguntarle ¿qué es lo que vamos a buscar juntos? Y esto propicia el movimiento que activa el proceso creativo, dinámica en la que a veces el artista es agente activo y otras veces receptor.

Lo que a continuación nos mostró Carina fue también muestra clara de esa entrega y dedicación paciente y calmada a lo que pide la obra que se quiere crear. Henry Moore decía que, “cuando dibujas, miras mucho más intensamente algo”, y por tanto, lo comprendes mejor. Sucede al dibujar algo parecido a lo que sucede cuando uno escribe lo que está sintiendo, intuyendo: el proceso de comprensión se completa.

Que un creador se dedique de esa forma a profundizar en los más mínimos detalles de aquello que quiere crear es sumamente valioso. Hubo interesantes sugerencias acerca de posibilidades creativas que pudieran ser aprovechadas, como jugar más con lo sugerido que con lo literal, como dijo Carla; metonimia: que se incluya el sonido como elemento evocador del paso de la carreta, las ruedas chocando con las calles empedradas, los cascos del caballo… Ricardo sugirió pensar en un cuarto oscuro, vacío, donde el espectador al entrar quede inmerso en esos sonidos (psicofonías).

Ambas sugerencias están orientadas a la necesidad de comenzar a precisar el contexto, la atmósfera que envolverá la obra.

El dibujo de Carla, imagen de lo que pudo visualizar durante una de sus meditaciones, nos sumergió a todos en un movimiento suave que permitió a cada quien conectarse con lo que en sí mismo se movía.

El verde fresco inspiró esperanza, proceso de sanación, cardumen de peces que nadan en medio del mar, iluminados por la fluorescencia del plancton. Naturaleza viva, con su centro y sus semillas. Vegetal, animal. Irradiando hacia afuera su luz, desde la interioridad de un alma en movimiento.

Se sugirió jugar con las formas que evoca al irla girando. Podrían imprimirse esas cuatro posibilidades y componer con ellas una sola obra.

Lilian, después, con su escrito, tan profundamente conmovedor, poético, nos trajo de vuelta al momento presente, al peso que tiene este paso por la Tierra. Con un relato precioso, de gran  sensibilidad, compartió con nosotros los momentos duros por los que está pasando. Desde su propia vivencia alcanzó la de todos. Y de la palabra pasó a la imagen: rojo intenso, pero cuerpos que en su íntima desnudez se abrazan para acompañarse y darse fuerza y ánimo para seguir.

Desnudez que, de otro modo, con la delicadeza que la caracteriza, nos regaló Alba al mostrarnos su pieza, pulcra, sobria, suave. Trazos de alambre que evocaron a Mondrian, a Gego, pero siempre conservando su íntima singularidad. Ella nos contó que esta vez decidió dejar que fuera el alambre el que le dijera qué hacer. Trabajó así con la memoria de ese material, más que con el material mismo, respetando las formas que iba dibujando y los puntos de conexión que establecía con los demás fragmentos de sí mismo. Trazo abstracto que evocó lo esencial de una forma vegetal esbozada en grises y blancos, entre la sombra y la luz.

Sobre lo que yo mostré, comparto con ustedes, agradecida, lo que dice Ricardo:

La frase minimalista de Daniela, coherente con la imagen austera de formas y colores y de letras de sombras e infinitos, nos hace repetir interiormente esas palabras una y otra vez a modo de mantra, como si al repetirlas comprendiéramos más y más profundamente su significado. Coherente con ella, con su línea de expresión plástica y su manera puntual y parca de expresarse a través de la palabra: “Menos es más”, en dupla  con Shumacher: “Small is beautiful”.

Y en cuanto al video, puedo decir que todo ser sensible desea ver su vida o su alma en esa prístina, blanca, pura y trasparente imagen. Su vibración vivaz y su inmensa calma aporta dos momentos instantáneos, contrarios y complementarios: el blanco y el negro y el blanco blanco.

La obra de Paula completó el recorrido. Un atardecer a trasluz, con sombras vegetales que se van dibujando en la levedad de un pañuelo suspendido y crecen hasta que el sol aparece para completar el paisaje.

Y un poema con el que ella acompaña su obra, esta vez de Enrique Banchs, y que guardo aquí para que también nos acompañe:

Árbol feliz (Enrique Banchs)

¿Qué es esto? Ayer no más árbol desnudo

Y seco, abandonado, inmóvil, mudo.

De nuevo al cielo azul joven te elevas,

Pomposamente lleno de hojas nuevas.

Y aquellas ramas rotas que tenías,

Y aquellas hojas secas que veías

Como instantes caer ¿adónde han ido?

¿Tanto antiguo dolor desvanecido?

Bajo la maravilla de hojas verdes,

no lloras lo que pierdes;

Retoñas en la misma cicatriz

Y flor se llama lo que fue quebranto…

¡Comprendo cómo puedes vivir tanto,

Árbol feliz!

***

Quinto día: 6 de agosto

Presentación ADD. 08-11-2020La tarea asignada para esta sesión requirió dedicación y reflexión en un sentido diferente a los ejercicios anteriores. No es fácil precisar eso que distingue el “luego” del “después”, como no lo es hablar del tiempo, y menos de estos tiempos. Aun así, todos se sumergieron en esas aguas y trajeron del fondo lo que encontraron.

Marelia aprovechó su tarea anterior para mostrar su “después”. Tomó en consideración las sugerencias que recibió en la clase pasada y de nuevo pudimos ver ese proceso de transformación íntima que ofrece la contemplación de un paisaje, secuencia sucesiva que metamorfosea en pájaro un cuerpo de mujer. Y el pájaro que esta vez sí se escapaba del plano para luego dar un giro invisible y regresar hacia la mujer, hacia su centro, como dibujando el proceso de volver a ser cuerpo. ¿Sucesivos “luegos” dibujados en un mismo plano, en el que el “antes” y el “después” terminan coincidiendo como fin que es principio que es fin que es principio…?

Su “luego” fue el resto de acuarela que quedó en el fondo del vaso. Para ella, el “luego” es eso que está “después del después”.

Siguió Carina. Su “después” también nos llevó a compartir el resultado de un momento de contemplación, ya no desde un balcón, sino en un jardín. Orquídeas de tierra recién florecidas. Dibujo que hizo “después” de muchos ejercicios de dibujo, en el descanso.

Y su “luego” fue una composición con restos de pintura que quedaron en sus manos después de haber estado explorando posibilidades. “Luego” que dejó su huella sobre un soporte (“locus”) de papel.

Para Carina, la diferencia entre “después” y “luego” es que el “luego” siempre es opcional. Es siempre algo que puedes hacer o no.

De las marcas lúdicas de color que dejaron sobre un papel las manos inquietas de Carina, pasamos a la imagen en blanco y negro de Lilian, en la que una de sus manos reposa sobre una franja de luz intensa. Luz que brota o que llega a esa mano. O es la mano la que se deja caer sobre la luz para tocarla y dejarse tocar. Es tiempo de hacer, dice Lilian. Y uno hace con las manos, dibuja, escribe, crea. Esa mano en reposo, de un cuerpo tendido en la cama, invita también a esa calma en movimiento que es la reflexión. Un estar acostado mientras todo adentro se mueve. Continente de aquello que se gesta mientras los dedos absorben luz y completan su propio proceso íntimo de fotosíntesis.

Y a continuación, esas dos manos agarrándose. La crudeza de la sombra en los pliegues. Carne y hueso en un gesto vital. Darse la mano. Sostenerse. Para Lilian, lo que diferencia el “luego” del “después” es la voluntad. Ambos términos comparten el hecho de que se refieren a una acción que se realizará a futuro. Pero el “después” es más consecuencia directa de un “antes”, mientras que el “luego”, el dejar algo para luego, depende enteramente de la voluntad que tengamos de hacerlo, por fin.

Como hace Jenni con sus collages, después de haber recolectado cosas que va encontrando en su día a día. Ella primero recolecta, luego escoge y prepara los objetos que va a utilizar, y solo entonces comienza el proceso de crear sus collages. El que nos mostró esta vez, delicado y hermoso como siempre, estaba compuesto por dos plumas y un pequeño cuaderno artesanal, en cuya portada estaba escrito: “Romances de los tiempos del sur”. Las puntadas con las que las plumas habían sido cosidas, una al soporte y otra a la portada del pequeño cuaderno, dialogaban con las puntadas que unían las páginas de una historia que solo podía imaginarse.

En lo que nos mostró Carla, el “luego” y el “después” también fueron presentados como parte del proceso creativo: primero, las fotos dispuestas en el mesón del taller; después, el resultado del montaje, de la fusión entre las tres imágenes que produjo una primera obra. De nuevo la naturaleza, ramas que son a un tiempo raíces de un cuerpo de mujer que orienta su mirada hacia la luz. ¿Luz del origen? Y el sol en el centro.

Cerramos con Paula. Siempre dedicada y dispuesta a entregarse a cada ejercicio. Su reflexión sobre los dos términos que fueron eje de esta jornada trajo al encuentro tal vez las más hermosas y complejas respuestas. Luego de pasear por los significados más evidentes, relacionados con un orden de secuencia temporal, llegó al sentido causal del término “luego” que encontramos en la conocida frase de Descartes: “Pienso, luego existo”. Partir de esa frase la llevó a extenderla hasta un ”pienso, luego hago”, equivalente a “existo, luego hago”, “existo y, gracias a eso, creo”.

Fue otra manera de desembocar, desde la reflexión acerca de esos términos, en lo que implica el proceso creativo. Eso, a su vez, le permitió comprender y llevarnos también a nosotros a comprender que todo “después” está hecho de sucesivos “luegos”. Y por eso, nos dijo, ella no hizo la tarea del “después”, sino que compartió con nosotros uno de sus “luegos”, que serán los que, a la larga, den lugar a su “después”.

Su video nos terminó de sumergir en un estado pleno de contemplación. Todos terminamos ocupando esa pequeña silla que, dentro de un impreciso pero concreto continente azul, nos dejaba en silencio ante un paisaje que lentamente iba moviéndose, cambiando, mutando, sucediendo.

***

Sexto día: 13 de agosto

El vuelo de los estorninos dio comienzo a esta nueva sesión. Hermoso ejemplo de cómo la naturaleza sigue patrones en respuesta a un orden orgánico de subsistencia que, a su vez, crea formas de una belleza estética insólita e innegable.

Uno de los aspectos más relevantes de este fenómeno, que se da también entre cardúmenes de peces, por ejemplo, es que son muestra de lo eficaz que resulta eso que Ricardo llama “liderazgo horizontal”. Algo hacia lo que siempre han aspirado sus proyectos artísticos, a la acción en grupo. No al liderazgo que se establece a partir de uno que dirige y otros que obedecen, donde lo que predomina es el ego y las luchas de poder ―o por el poder―, sino al liderazgo que es compartido entre todos, que es el que puede dar realmente vida orgánica al grupo.

Organicidad formal que se da también de manera natural, como nos comentó Lilian, entre las ramas de los árboles de un bosque, que crecen pero nunca invaden el espacio de las ramas contiguas, lo que genera dibujos entre ellas muy hermosos. Tan hermosos como el nombre que se le ha dado a este fenómeno: “timidez”. Varias son las razones que intentan explicar por qué esto ocurre, pero lo que asombra es que esas cosas ocurran naturalmente. Que entre árboles se respeten sus espacios propios, para que todos puedan seguir creciendo. Y que eso produzca esas bellísimas formas orgánicas. Como si solo fuera posible conseguir la armonía y la belleza de las formas si lo que se hace nace de la consideración y el respeto al otro.

Actuar orgánicamente implica tener conciencia de que todo está conectado, de que nada de lo que existe está separado de lo demás. Desde lo más pequeño hasta lo más inmenso, todo es parte indispensable de un orden del que aún nos queda mucho que aprender. Empezando por lo imposible que resulta comprender su misterio a cabalidad, su orden aparentemente caótico.

Cierto que, gracias a los aportes de Mandelbrot ―y de quienes le antecedieron para que pudiera formular su teoría―, ahora ese caos puede medirse e incluso reproducirse artificialmente de muchas maneras, siguiendo las fórmulas que él dedujo de tales patrones. Pero, ¿por qué es así?, ¿cuál es la parte que nos toca en ese todo infinito? ¿Quién o qué dispuso ese orden que es principio fundamental de vida? Descubrimientos como esos, lejos de aminorarlo, más bien deberían acrecentar nuestro asombro, e inspirarnos mayor respeto ante ese misterio cuya explicación sin duda siempre seguirá escapándosenos.

La propia teoría de Mandelbrot lo sugiere: el patrón es infinito y será infinito tanto hacia adentro, hacia lo pequeño, como hacia afuera, hacia lo grande. Polaridades inalcanzables de lo inabarcable. Y nosotros somos parte de esa Naturaleza, no sus dueños.

Imposible no recordar ahora un poema de otro gran maestro de vida: Rafael Cadenas. Y como este viaje ha estado, desde el principio, acompañado por la poesía, aquí lo comparto, como homenaje a quien tanto debo y tanto quiero:

De su libro Gestiones (1992)

Tanteas como ebrio

en la ruta del extravío

(así se llama

nuestro segundo nacimiento).

Ella nos conduce

fuera del mapa que trazamos.

Lo que vimos con duda

―descubrimos―

no lo podíamos separar

de nosotros.

También éramos eso.

La aventura

nos trajo

este bien: no ser dueños.

Lilian ató otro hermoso nudo en este tejido de sentido que fuimos armando entre todos. La teoría de los fractales bien puede definirse con esa hermosa palabra que ella construyó en su momento con pequeños objetos cotidianos: simplejidad. Según ha demostrado Mandelbrot, toda complejidad está conformada por la suma de elementos simples. Y de esa suma surgen patrones de una belleza insólita.

En ese sentido, resulta muy significativo, si reflexionamos acerca de lo que ha sido nuestra evolución, el hecho de que los primeros esbozos de esa extraña nueva geometría hayan sido catalogados de “monstruos”. Tendemos a condenar, como forma de negar, aquello que sentimos como una amenaza al orden que hemos aceptado como verdadero. Luego el tiempo hace de las suyas…

Y aparece aquí, mientras escribo esto, otro poeta, gran compañero de camino, Paul Valéry. Imposible negarme a compartir el poema que me trae a la memoria, de su poemario El cementerio marino (1920), que por cierto está cumpliendo 100 años:

Salmo T. (Paul Valéry)

El más escéptico de todos

es el Tiempo,

que con los Nos hace Sís

y con el odio amor

y al contrario.

Y si el río no remonta a su fuente,

y si la manzana caída no salta

y se reúne a su rama

es porque te falta paciencia para creerlo.

Como comentó Paula a continuación, las cosas están siempre ahí a la espera. Y muchas veces uno crea algo que solo después tendrá sentido, porque en su momento es solo una parte de algo más que, con el tiempo, se irá completando. La rosa que siempre le ha fascinado cobró o recobró su presencia gracias a esta sesión de hoy. La rosa como centro y fuente de vida. La rosa que ya antes estuvo en los primeros collages que nos mostró Jenni y que nos hizo recordar la obra de Obregón, tan sutil, compleja y simple. Tan hermosa.

Así se van atando los nudos y por eso es que cada encuentro va completando la trama de la forma. Pequeños aportes simples que, en su conjunto, crean una hermosa complejidad interconectada. Vida del conjunto.

Somos naturaleza, de ahí que eso que nos comentó Ricardo que decía Gaudí sea tan cierto y significativo: ser original es volver al origen. Y nuestro origen es y está presente en ese inagotable enigma que es la Naturaleza. Como decía Spinoza: “Dios, es decir, la naturaleza…”

¿Cómo no maravillarse, por ejemplo, con ese esqueleto tan hermosamente complejo de la hoja que Jenni nos mostró? Trayectos, cauces, mínimas ramas por donde circuló la savia que alimentó aquel árbol que extendió sus ramificaciones hasta darle forma a esa hoja que ha perdurado por más de 15 años bajo el resguardo de quien, con sensibilidad abierta y atenta, pudo reconocer su valor, ese fascinante misterio.

Nada fácil ha sido escribir esta bitácora y, al mismo tiempo, casi podría decir que se ha ido escribiendo sola. Vamos llegando ya al último aporte, el de Alba. Sutil como siempre. Simple y complejo. Curva ―hilo de luz― trazando infinitamente el 8 infinito, con puntos superpuestos que marcan momentos aleatorios en que el azar interviene. Tal vez este curso sea como el aleteo sutil de una mariposa en medio de la gestación de un nuevo mundo que comienza.

***

Séptimo día: 20 de agosto

VIAJE A ORIENTE 1Jornada inusual. Tanizaki fue como el cardumen de peces sobre el que vuelan en círculo las aves marinas, atraídas por inesperados destellos que revelan de pronto el movimiento de lo vivo en las profundidades oscuras del mar. No fue fácil comenzar a hablar de El elogio de la sombra. Quien lo lee se queda necesariamente sumido en un estado apacible de ensoñación y contemplación. Tanizaki sabe despertar en uno, como dijo Lilian, las sutilezas de la percepción.

Muy a tiempo se unió a nosotros un navegante invitado, Rafa Muci, justo cuando lo que nos convocaba eran palabras escritas con la intención de resguardar en ellas riquezas pasadas. En este caso, parte de un legado que nace de la sublimación de la sombra. Ya en 1933, Tanizaki se daba cuenta de cómo la invasión de la luz eléctrica occidental conquistaba los espacios del mundo oriental. Luz escandalosa que llegaba para literalizarlo todo y desterrar, hasta del más mínimo rincón, la ensoñación de un espíritu que habitaba los recintos de una íntima penumbra, en cuyo aire podía sentirse “la espesura del silencio”.

No puedo evitar recordar aquello que Walter Benjamin, desde Occidente, advertía ese mismo año en su lúcido ensayo Experiencia y pobreza:

Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo «actual».

(Link: https://semioticaenlamla.files.wordpress.com/2011/09/experienciabenj.pdf )

Es significativo ver cómo ambos autores, uno desde Oriente y otro desde Occidente, y cada uno a su manera y desde su propio punto de vista, intentaban advertir lo mismo: cómo lo nuevo, la novedad, se impone sobre el legado del tiempo. Se impone y lo va borrando.

Lilian trajo a la conversación justamente lo que cuenta Tanizaki acerca del valor que le daban ellos, los orientales, a esa pátina que deja el tiempo en los objetos, huella de sombra que se acurruca en sus pliegues para que el paso de los días permanezca: el “lustre de las manos”, un “lustrar” a la inversa. Porque en Occidente, en cambio, lustrar los objetos, en especial los de plata, es costumbre, pero para que brillen, resplandezcan, pulcros.

Marelia acercó aún más las advertencias de este autor japonés a nuestro tiempo y reconoció cómo la globalización también nos ha llevado a una unificación de las costumbres que ha ido dejando de lado o descartando las riquezas que podría aportar la diversidad de culturas, cada una con legados propios e incontables matices.  Luego hizo una distinción muy acertada entre lo que se reduce así a algo “simple” y la complejidad implícita, por ejemplo, en el minimalismo. En particular, en ese minimalismo de los matices que surgen de los juegos entre la luz y la sombra, los claroscuros y los breves pero intensos resplandores que esto puede producir al rozar superficies doradas, por ejemplo. Resaltó lo hermoso de esa simplicidad:

Para nosotros ―dice Tanizaki―, esa claridad sobre una pared, o más bien esa penumbra, vale por todos los adornos del mundo y su visión no nos cansa jamás. (…) aunque el color de fondo puede variar ligeramente de una habitación a otra, la diferencia en todo caso sólo puede ser ínfima. No será una diferencia de tinte, sino más bien una variación de intensidad, poco más que un cambio de humor en la persona que mira.

Paula continuó esta reflexión compartida llevándonos poco a poco a esa atmósfera en la que Tanizaki nos va envolviendo. Nos contó que leer ese libro la llevó a considerar con mayor detenimiento cómo el espacio afecta las cosas, cómo es este el que les otorga carácter y vida al hacer posible, por contenerlas sin confinarlas, las interacciones entre distintas fuerzas como la luz, la sombra, el color, su misterio. Eso la llevó a concluir que no es acertado hablar de “fondo”, sino de “espacio”. Porque espacio y forma se construyen simultáneamente, se exigen el uno al otro. Entre ellos se da una conversación que pone en evidencia que ambos conforman un todo, son una unidad.

Volvió una vez más a resonar entre nosotros esa palabra que nos regaló Lilian al comenzar este viaje y que hoy Paula recordaba: “simplejidad”. Para Paula, según nos dijo, el libro de Tanizaki bien podría considerarse como un elogio de la simplejidad. Y Ricardo recordó seguidamente aquello que Schumacher defendió en su momento, tan a tono con nuestro eje reflexivo de hoy: “Small is beautiful”.

Y conversamos entonces acerca de lo complejo que resulta todo proceso de depuración, que sin duda amerita resguardo, recogimiento, porque implica establecer ―o tal vez sea más acertado decir reestablecer― la conexión con procesos internos que se han hecho colectivos y que exigen por eso el ejercicio de distinguir, reconocer y comprender, entre los contenidos difusos, qué es lo auténtico, dónde reside esa simplejidad que debe ser rescatada, recobrada.

Ricardo aprovechó esto para ampliar esa distinción que existe entre lo simple, la simpleza, y la simplicidad. Lo simple, ya lo dijimos, es equiparable a lo literal, a aquello que es así y ya, sin más. Muy relacionado con la “eficiencia” que caracteriza a Occidente. Mientras que la simplicidad comporta una “espesura”, una densidad que solo es posible condensar a partir de un proceso muy complejo de síntesis, depuración, decantación.

En todo proceso creativo, esto es fundamental. Hacerse, por ejemplo ―entre tantas―, preguntas como las que dijo Jenni despertó en ella este libro: ¿Por qué estos instrumentos que uso? ¿Por qué y para qué estos elementos que pongo sobre un plano a dialogar? ¿Cómo los dispongo? ¿Qué se dicen? ¿Qué me dicen? Porque solo a través de la síntesis que se obtiene de la depuración y decantación de contenidos e ideas es que una obra puede adquirir la imantación que le otorga lo esencial.

Ricardo compartió con nosotros algunas experiencias suyas sobre procesos creativos muy vinculados con esto, como cuando decidió pintar vacíos, que para él eran o abrían en cada obra ventanas hacia sí mismo. O cuando se dispuso a pintar  a partir de temas relacionados con su cotidianidad: comida, hogar, transporte. En este caso, al comenzar a pintar, lo primero que salía era la representación del arquetipo, o de la imagen conocida, asumida. Tuvo que pintar, por ejemplo, innumerables barcas hasta que un día, en tres trazos, logró crear la que era: su barca.

Paula relacionó esa historia con el Ensō. Hermosa evocación que agradecimos y que llegó para cerrar este encuentro, círculo que trazamos entre todos para dar acogida a la hermosa obra de Tanizaki.

“Pintar un círculo, es una de esas acciones que por su simplicidad, reflejan la esencia cíclica de la existencia. Breves instantes en que los pensamientos se diluyen, la mente se rinde, el cuerpo respira y se entra en el vacío – mu.

< la forma es vacío, el vacío es forma >

Durante la dinastía Tang (618 – 907 d.C.), los monjes budistas de China pintaban círculos en tinta sobre papel como parte de sus ejercicios espirituales, con la finalidad de entrar en un estado de no-pensamiento o de meditación. Posteriormente en Japón, los mojes Zen también adoptaron la caligrafía y la pintura a tinta dentro de la práctica y enseñanza espiritual. Reconociendo en la pintura del Ensō (círculo en japonés) la expresión del todo y de la nada, de lo finito y lo infinito, del Cielo y de la Tierra, del aquí y el ahora, del vacío y la plenitud.

Al igual que la vida y la muerte, el círculo se expresa en un soplo de tiempo, que prosigue más allá de los sentidos“.

 Fragmento tomado del blog de la calígrafa María Eugenia Manrique. Link: https://mariaeugeniamanrique.wordpress.com/2013/02/08/enso%E5%86%86%E7%9B%B8-el-circulo-zen/

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Octavo día: 27 de agosto

Más que comenzar, esta vez continuamos el viaje. Paula nos condujo hacia su toko no ma, ejercicio de exploración inspirado en ese recinto sagrado que los japoneses siempre abren en sus casas para que luz y sombra tengan dónde recrear sus propios universos. Recorrimos con ella los pasos que dio para crearlo: los fragmentos de un jarrón quebrado hacía tiempo aguardaban su momento en un rincón del estudio.  Superpuso uno sobre otro y con una laminilla de oro fue dorando el borde interior. Nos mostró la pieza resultante, tal cual era, antes de introducirla en la caja que escogió para evocar el recinto. Entonces llegamos, y comenzó el juego de luces y sombras que recrearon la presencia de lo que parecía el rostro de un sabio. Presencia sagrada, misterios que abre la penumbra.

Ese mismo rostro se convirtió en paloma agonizante cuando Paula lo sacó del recinto, le dio la vuelta y lo contrapuso a un fondo blanco. Paloma que al mismo tiempo, desde el negro absoluto de su cuerpo, abría un abismo en la pared. Negro que se convirtió en gris plomizo con dejos de verde cuando el fondo blanco se convirtió en rojo intenso. Comprobamos así cómo fondo y forma se crean mutuamente, cómo entre ellos existe siempre un diálogo al que debemos prestar mucha atención.

Pasamos de la obra de Paula a la fotografía de Carla. Un bosque penetrado por la luz del sol que dibujaba las sombras de los troncos de los árboles sobre un suelo lleno de líneas aparentemente caóticas: geometría orgánica. Pequeñas ramitas secas, pajilla y algunas pequeñas piedras o semillas completaban la composición, que pasó del ojo de Carla a su mano, de la fotografía al dibujo. Este paso nos condujo a una reflexión más compleja acerca de cómo el contexto dentro del cual un artista nace y crece afecta o influye en su manera de ver y de crear. Cómo las formas de sus paisajes pueden reconocerse en sus obras: Mallorca en Barceló, San Sebastián en Chillida, Sainte-Victoire en Cézanne. Reflexión que nos permitió tomar conciencia acerca de cómo nuestro contexto, que bien puede entenderse como nuestro fondo, afecta o influye nuestra “forma” de percibir, de ver, de crear. Es decir, sin duda, siempre co-crea con nosotros, estemos o no conscientes de ello. Alma y ojo van juntos.

Tal vez por eso fue que Lilian escogió ese dedal de plata de su padre para propiciar ante la cámara ―su ojo y, tras su ojo, su alma― juegos entre luces y sombras, entre el fondo y la forma. Y luego la playa, en el umbral del día, con restos de atardecer en el cielo, y la silueta de quien contempla cómo se desvanecen los colores ante la llegada de la noche. Por último, el cuadro de la marina. Y como siempre, nos quedó en el alma resonando la fuerza de cada una de sus pinceladas y del juego sugerido de las formas en medio de un paisaje casi diluido en la abstracción.

Preámbulo perfecto para pasar a las imágenes de Jenni: juego de luces y sombras sobre una pared, en la que edificios y plantas se transforman en esbozos translúcidos que entresacan del prisma colores que regala, en medio de la penumbra, la noche.

Volvimos al día gracias a la siguiente foto: una puerta de hierro negro forjado, a través de la cual se desparramaba y extendía una luz amarilla atravesada de sombras. Luz parecida a la de la lámpara que acompañaba a la niña que leía, en el dibujo que por último nos mostró Marelia, quien, atenta, descubrió también las presencias con que la luz suele acompañarnos al reflejarse en los objetos de las casas que habitamos aquí en Occidente, sin shòji que amortice su llegada.

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Noveno día: 3 de septiembre

Último día de travesía. Cada quien con su puerto a la vista se prepara para el desembarco. Todos compartimos la certeza de que seguiremos en contacto porque, después de este viaje, entre nosotros se han ido atando muchos cabos. Cabos de fondo y de forma, de ojo y de alma. Cabos sueltos de procesos creativos compartidos que seguirán sus propios rumbos también.

Nuestro ejercicio de cierre fue, en ese sentido, muy revelador. Los juegos entre el fondo y la forma, entre lo evidente y lo sugerido fueron perfilando y, al mismo tiempo, reafirmando los caminos que cada quien quería seguir explorando. En esos juegos, que se dan mientras el artista conversa con su obra, es clave preguntarse qué es lo que debe ser protagonista en lo que se está creando. Entre el fondo y la forma, o en ese intersticio entre ambos, que es el que mantiene la tensión que otorga equilibrio a la obra, entran en juego muchos elementos. Y es el artista el que debe estar atento para reconocer cuál de ellos ha de ser el protagonista y cómo va a lograr que así sea, sin caer en lo meramente literal o evidente.

Viaje a Oriente III

Por ejemplo, puede suceder que un artista que quiera darle, en su obra, protagonismo al silencio, apele por generar, valiéndose de los demás elementos, una suerte de escándalo que, por contraste, logre enfatizar el silencio, algo tan difícil de representar. Tanto como la música. Y en esos casos la pregunta recae en el cómo, en cómo hacer para mostrar eso que queremos mostrar.

Las decisiones que se tomen en ese sentido deben tener muy en cuenta que lo que importa no es poner algo en evidencia, sino que ese algo llegue al espectador a través del efecto, de la repercusión que tenga en él aquello que la obra sugiere.

Pudimos comprobar lo importante que es tener esto en cuenta al ver de nuevo el dibujo de Marelia, ahora mejorado luego de seguir las sugerencias que el grupo le hizo en la clase pasada. Al haber oscurecido el entorno, los dos niños y las dos luces cobraron mayor protagonismo; y también el contraste entre la calidez de la luz amarilla de la lámpara con la que la niña está alumbrando su libro, y la luz fría, blanca, que alumbra la cara del niño desde la pantalla de su teléfono. Luego ella misma nos mostró el resultado del ejercicio asignado para esta sesión: una fotografía en la que una silueta de torso de mujer, reflejada a contraluz sobre lo que parece el vidrio de una ventana, está ante el paisaje de Caracas, con el Ávila y la ciudad a sus pies, sobre el cual se superpone, hasta mezclarse y confundirse, el de Barcelona. Silueta de quien habita en ese entre, entre dos paisajes que ya se han hecho parte de sí.

Esa fotografía, muy delicada y hermosa, despertó en nosotros ―en quienes también estamos lejos de nuestra ciudad natal― la nostalgia. Ver cómo esa montaña tan nuestra se dibuja y así conforma el paisaje interior de la silueta en sombra, translúcida. Y al mismo tiempo, fue mostrándonos con sutileza los signos de un proceso de integración al nuevo espacio que se habita, a esa otra ciudad superpuesta que ya también comparte los trazos de ese paisaje interior.

Proceso lento que se va dando a su tiempo, que tiene un ritmo propio que requiere un tempo ―más que un tiempo― psíquico, emocional. Tal vez por eso mismo los recorridos iniciales de Jenni, trazados sobre papel a modo de vistas cenitales sobre esos nuevos espacios que buscaba hacer suyos, se hayan transformado en una nueva obra, a la que dio justamente ese nombre: “Ritmos”. Cartografía inicial que fue luego recortada, tal y como sucedió con los pétalos de la rosa, para recomponer, con sus fragmentos, nuevas composiciones. Una serie de ritmos con compases íntimos propios.

Las resonancias en una obra, en aquello que se crea, provienen justamente de esos ritmos, huellas hondas de lo que somos, de lo que hemos vivido. No por casualidad volvió Venezuela a estar presente entre nosotros a través del cuadro de Lilian, en el que cielo e infierno, ahogo y libertad, luz y roja oscuridad sostenían la tensión entre los distintos cuadrantes del soporte, mientras una bandera blanca ondeaba en el centro, respaldada por el cuadrante más iluminado de la composición.

De nuevo, la abstracción diluía lo figurativo y abría un espacio de libertad idóneo para la libre interpretación o, mejor, percepción de las formas por parte del espectador. Ricardo vio un pez monstruoso emergiendo de los infiernos, cerca de la mano de Dios. Carina, una mujer danzando que transformaba la inmensa bandera blanca en larga y ondeante cabellera. Danza de libertad. Danza ―casi grito― que evocaba, ya bandera, ya cabellera al viento, nuestro más profundo y anhelado deseo.

Todo lo que el cuadro de Lilian movió en nosotros nos dejó ver cuán innecesario resulta que un autor explique su obra, en especial cuando se trata de un cuadro abstracto; incluso cuando este contiene todavía algunos elementos figurativos que esbozan una determinada intención de sentido más preciso. Las explicaciones confinan las posibilidades perceptivas, aun las del propio autor. Siempre es necesario dejar espacio para el descubrimiento. Todo creador debe estar dispuesto a dejar que su obra hable por sí misma. A todos nos llegó, desde ese cuadro de Lilian, la tensión entre una fuerza celeste, luminosa, y otra infernal. Y en cada quien esa lucha resonó de una manera distinta; pero el efecto, la resonancia, se produjo. Y es ahí donde reside la potencia de aquello que se crea: en lo que el artista entrega de sí a la obra mientras la va haciendo y en lo que eso produce en el espectador, en cómo eso lo con-mueve. Diálogo que completa y complementa, y que necesita, para darse, para que se dé esa danza, un espacio de libertad.

Como el que le ofrece la Naturaleza a Carla, paisajes por los que ella se mueve, se desplaza, casi danza hasta fundirse con y en ellos, evocando así el deseo de re-integrarnos y recobrarnos en eso que somos, desde la celebración, la belleza y la conciencia.

Carina, sin embargo, nos recuerda con su obra que, para llegar a eso, a esa luz, queda camino por recorrer. Porque aún imperan los que se creen dueños y actúan movidos por sus propias y oscuras ambiciones de poder.

A partir de una colección de billetes de Venezuela, que ella ordenó en secuencia sobre un plano rectangular, recorrimos la debacle, la destrucción y el padecer de un país que sigue sometido a ese infierno de roja oscuridad que con tanta fuerza resonó en nosotros desde el cuadro de Lilian. Más de 20 años de un dolor, de una indolencia, que deja sin aliento, sin palabras. Pero que puede abrir caminos creativos que den cauce a una potencia transformadora, sanadora, de aquello que sí está en nuestras manos: nosotros mismos y, desde nosotros, un “nosotros” nuestro, común, compartido.

El modo en que Carina resolvió el ejercicio es muestra de los caminos que ese resguardo y cultivo de la libertad creativa interior puede abrir. Es ya lugar común decir que las circunstancias difíciles propician actos creativos que solo bajo esa presión, bajo esa tensión y exigencia, se dan. Pero es necesario añadir que también, para ello, es necesario estar dispuesto, atento y abierto a crear. Carina, al buscar maneras de dar respuesta al ejercicio de hoy, pasó sin darse cuenta de la pintura a la obra conceptual. Construyó su respuesta con un objeto real que abrió la posibilidad de acercarse a lo que se vive en nuestro país.

Cuando uno se dispone a concebir una idea, como nos recordó Ricardo, cuando uno se abre y se dispone a recibirla, ella siempre llega. No hay momento apropiado para crear. El momento apropiado es una actitud.

La imagen que nos presentó Carina también nos permitió reflexionar acerca del valor que tiene incluir en lo que se crea elementos autobiográficos. Todos esos billetes, la mayoría inútiles ya, otros ausentes, resumen lo que ha sucedido en los últimos 20 años en Venezuela. Carina tiene 20 años. Eso fue lo que ella quiso mostrar. Desde ese objeto, lo que ha vivido, lo que sigue viviendo.

El valor que adquieren en una obra los elementos autobiográficos, sobre todo cuando, como en este caso, no son explícitos sino sugeridos, reside justamente en lo que implica tener el valor, la valentía, de mostrarse, de desnudarse, de compartirse con el otro y de encontrar, en ese otro, en muchos otros, resonancia.

La imagen de Alba, de otra manera, también fue una síntesis de circunstancias que todos estamos viviendo y nos hizo ver lo paradójico que resulta eso de encontrar belleza hasta en las cosas más terribles y amenazantes. Ante nosotros estaba la imagen del código genético completo del Covid-19, universo construido a partir de las cuatro letras que conforman el ADN de eso que tantos estragos ha causado en nuestras vidas.

Pasamos un buen rato fascinados contemplando su complejidad, su potencia como obra o como fuente para crear otra u otras obras. El patrón completo de las letras producía a su vez trazos aleatorios, como si se tratara de una  de propuesta de Op-Art. El mismo acto de presentar esa codificación del genoma del coronavirus como imagen plástica, en la que convergen la evidencia del código genético y lo que implica como agente de este tiempo tan difícil y complejo que vivimos, es ya una obra. El código está ahí, ante uno, y basta saber que es del genoma del Covid para que se desencadenen diversos  e intensos efectos en el espectador.

Paula, esta vez, fue la última en mostrarnos su ejercicio. Y tuvo sentido. Por algo las cosas se dan de una determinada manera ―como en respuesta a un orden que, afortunadamente, siempre se nos escapa: ese misterio, como diría Cadenas―. Comenzó su intervención atando varios cabos ―puertos a la vista―. El primero: cada obra es siempre un pedacito del conjunto ―resonó en sus palabras aquello de que el “después” es siempre una suma de muchos “luegos”―. Segundo: la finalidad del arte es siempre sugerir, evocar, despertar, activar, producir un efecto en el espectador. Moverlo, con-moverlo, abrirle a través de la obra un espacio de libertad para que sea él quien, al escucharla, la complete con su resonancia.

Con su delicadeza estética y poética acostumbrada, Paula nos invitó a ver-abrir-escuchar su evocación de una caja de música, en cuyo centro giraba un carrusel. En él, cada quien podía cabalgar sobre su propio caballo de infancia ―porque en la plataforma no había ninguno: vacío para ser completado por el espectador―, movido por una canción de cuna que en cada vuelta nos iba conectando con esas íntimas vivencias: infancia, maternidad, paternidad, familia, íntimo origen.

Paula, con ese carrusel en movimiento, completó a su vez el círculo de su propia travesía y regresó a lo que fue su punto de partida en este viaje, para comprobar que el eje de su búsqueda interior ―su puerto de arribo― se sostiene sobre esa necesidad de enaltecer ―a través de su arte y en un lenguaje contemporáneo― el valor de la familia, lo sagrado de ser padres y sobre todo de reconocer el valor de ser ese entre encargado de otorgar a los hijos ―asumiendo la responsabilidad que conlleva ser engranaje entre generaciones― un lugar y un estar en este mundo.

Luego brindamos a la salud de todos, cada quien ya con su puerto a la vista. Celebramos el habernos encontrado, todo lo compartido y lo que viene. Arribos que son siempre puntos de partida, nunca llegadas ni despedidas.

Queda así, una vez más, nuestro barco a la espera, en su propio puerto, abierto a recibir nuevos tripulantes que deseen emprender con nosotros su propia travesía.»

Gracias a todos

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